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pérdida

miércoles, 17 de junio del 2009 a las 04:04
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Felicidad ajena

 

Con las manos vacías y con el corazón lleno de amor

Estoy en este mundo. Ya sin rumbo.

Ya sin ilusión ni esperanza.

 

Te fuiste. Nunca fuiste mío.

Fugaz encuentro. Triste destino mi suerte.

Mas el amor te encontró y te abrigó en otro corazón.

 

No soy aquella, Fui solo un paso

Para tu regreso triunfal y mi fracaso absoluto.

 

Fin de esta vida en vida.

Que alguna vez en paz yo pueda descansar.

 

celos

miércoles, 17 de junio del 2009 a las 04:01
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Celos

 

Fuego deslizándose en mi piel,

Supuesto amor hecho tacto.

Y de repente ese miedo terrible

Angustioso, fulminante.

Esa angustia desgarrada de temer la traición.

 

Y mi sueño eterno,

se ve desdibujado por el terror de perderte.

 

Miedo a la soledad y al desamparo.

Miedo al engaño,

Miedo a tu amor sin amor.

Cercana

miércoles, 17 de junio del 2009 a las 03:57
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Cercana estás y lucho por alejarme,

Mas con correr no lo logro.

 

Me abruma, me rodea

Y me ciega y me ensordece lentamente.

 

Voraz y amenazadora me llama

Con su dulce voz.

Y caigo en ensueños negando la realidad

Y deseando la eternidad.

 

Me atrapa, me ahoga

Me tiene entre sus manos

Solo falta su golpe final

Y mi anulación definitiva.

Ven pronto,

Te espero

Aquí

En la desolación y el desconcierto.

 

Visión

miércoles, 17 de junio del 2009 a las 03:54
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                           Visión

 

 

Arte vital me llamas y me llevas al placer, al amparo, a la reflexión. Eres para mí una suerte grata y una tierna necesidad. Desahogo y conocimiento.

Encontré en ti el afán por vivir y el valor de la existencia. Perdida entre apariencias y mentiras hallé la verdad en tus palabras. ¡Qué despertar de la muerte y que tranquilidad al encontrarte!

Belleza y catarsis plena  y absoluta bajo tu cuidado. Dulce néctar y divina ambrosía. Fuente de paz y esperanza. Libertad de sueños y utopías.

Vivo en ti y por ti y a través de ti.

Jamás

miércoles, 17 de junio del 2009 a las 03:47
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                                            Jamás

 

      Cuando no esté jamás extrañarás mi frialdad. Añorarás el dulce invierno, la injusta y atrevida mano sobre ti. Querrás sentirme más allá de la piel y del tiempo. Esperarás en la oscuridad de tu alma. Pero será en vano. Nunca más me encontrarás en ti.

      Cuando no estés jamás extrañaré tu calor. Añoraré la dulce primavera, la tierna y atrevida mano sobre mí. Querré sentirte más allá del tiempo y de la piel. Esperaré en la oscuridad de mi alma. Pero será en vano. Nunca más me encontraré en ti.

      Moriremos ambos desolados y mediocremente cobardes. Moriremos tristes y solos y acabados.

 

                         Mariane Verdi

Triste Oasis

viernes, 29 de mayo del 2009 a las 16:13
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                                                   Triste Oasis

 

            En el centro de la villa, a diferencia de las grandes comunidades con sus plazas principales, existía un gran y siempre creciente basurero. Éste era su atractivo, éste era la fuente de alimento y de trabajo para muchas de las familias que habitaban el lugar.

            Centro de contaminación absoluta. Desperdicios acumulados. Enfermos y hambrientos revolviendo y revisando cada una de las bolsas que encontraban. Itinerario cotidiano. Trabajo de hormigas. Inmundicia. Resignación.

            Las moscas y sus ruidos ocasionados por el aleteo constante producían la música del lugar y los olores nauseabundos su especial aroma. Allí, Juan y María junto a sus hijos cada mañana iban en busca de lo que les sirviera para sobrevivir. Subían la montaña artificial en fila india ayudándose unos a otros a escalar hasta llegar a la gran cima. Una vez allí descendían dividiéndose equitativamente los sectores con el objeto de no dejar ningún espacio sin recorrer ni revisar.

            ¡Qué ironía! La mugre ajena era la base de una familia entera. ¡Qué tristeza es ver y sufrir tal marginación! Pero, ¿qué otra salida encontraban? Lamentablemente, ninguna. El basurero era su único sustento. La suciedad era su pan y agua cotidiana.

            A veces, en las bolsas había elementos cortantes. Éstos se clavaban en sus sucias manos o en sus pies descalzos. Las heridas, algunas profundas, se infectaban por falta de cuidado e higiene y por vivir en este patético escenario. Los días de lluvia eran los más terribles. Sus cuerpos húmedos y fríos deambulaban entre el repugnante tesoro traído y donado por los habitantes de la rica y egoísta ciudad.

Cierto día, igual como tantos otros para esta familia, tuvo un final aún más trágico. Sucedió cuando uno de los conductores de los camiones al descargar su contenedor puso reversa para volver a la recolección. Fue aproximadamente al mediodía cuando hizo aquella maniobra y escuchó un grito seco y doloroso que jamás pudo olvidar. Al oírlo bajó desesperadamente  y vio una imagen terrible. Un niño yacía bajo las grandes ruedas. Su cabeza estaba destrozada y su sangre se desparramaba lentamente. A su lado se encontraba la infeliz María, muerta en vida al ver a su pequeño hijo. Juan la abrazaba y ambos amargados no podían reaccionar ante tremendo accidente y ante tremenda pérdida. Su triste oasis se había vuelto aún más triste. Ese día, igual a tantos otros, fue terrible en verdad. La marginación, el deterioro humano y la gran montaña producida por todos fueron los verdugos inmediatos de aquel pobre niño.

Transcurrieron unas semanas y la familia sin encontrar otra salida tuvo que reiniciar su odiada rutina. Tuvieron que volver a ese infierno que además de la dignidad le había quitado a su querido hijo.

Otra vez caminaban por aquella calle de tierra que iba directo hacia el oasis infernal. Otra vez la polvareda que ocasionaban los camiones al pasar rozaba sus rostros. Otra vez la contaminación y los residuos eran la comida y el trabajo para la familia de María y Juan. Nuevamente la repulsión y las náuseas que producían los deshechos a aquellos, eran bienes valorados y estimados por éstos.

Injusticia social. Riqueza y pobreza. Pureza y sociedad. Polaridad extrema. Sin embargo, mismo aire compartido en continuo proceso de contaminación. El basurero de la villa crece. Se lleva vidas y se va acercando paulatinamente hacia la gran ciudad. Sus olores y sus particulares sonidos se van expandiendo. El triste oasis de desperdicios y sobras de María, Juan y sus hijos va convirtiéndose poco a poco en pesadilla general.

 

Oasis

viernes, 29 de mayo del 2009 a las 15:50
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                                                OASIS

                                                              I   

            Nació en las afueras, en la oscuridad, en las tinieblas, en el mismo infierno. Pobre y sin recursos. Sin conciencia de su situación paupérrima. En la nada. En la angustia. En la humillación constante. En la soledad.

            Vivía a dos cuadras del centro comercial y de los centros económicos, pero a millones de kilómetros de una vida digna. Estaba en la ciudad, pero fuera del sistema. Sin documentos y sin identidad deambulaba por las calles pidiendo monedas y algo para comer.

            Su infancia fue dura como la de muchos de este país. Su día a día era una lucha constante por sobrevivir. Comenzó limpiando vidrios. Dejó de hacerlo el día en que un tipo bajó de su auto, lo golpeó ferozmente, lo insultó y lo escupió denigrándolo sin ninguna compasión.      Al tiempo -a los catorce años aproximadamente, no hay seguridad sobre su verdadera edad-, conseguía dinero en el cementerio cercano al recibir de las personas que visitaban el lugar algunos centavos por cambiarle las flores a sus muertos o por acercarle las escaleras a aquellos que tenían los nichos en lo alto. Pero no le alcanzaba y comenzó a robar  los autos estacionados. Así se inició, paulatinamente, en la delincuencia; aunque, ya antes, lo habían tildado como uno. Tiempo después, las malas juntas y las drogas hacen su aparición. Tirado en las esquinas como un perro sarnoso daba lástima y bronca a los transeúntes ocasionales. Algunos se paraban junto a él y maldecían al Estado por no ocuparse, pero seguían luego caminando como si no hubiesen visto nada. Otros enfáticamente expresaban: ¡A estos pendejos hay que matarlos a todos!

            Por disturbios en la vía pública fue detenido en un centro de rehabilitación para menores. Sin embargo, no permaneció mucho tiempo allí, ya que ni siquiera tenían los elementos ni el personal  necesario para mantenerlo dentro del instituto. Volvió a la calle y empezó a envolverse en asaltos más jugados, armado y sin ningún tipo de consideración por nadie, como nadie la había tenido por él. ¿Cómo le iba a preocupar la vida de sus víctimas si ni siquiera tomaba conciencia de la suya?

            A medida que crecía, disminuían sus posibilidades de protección, ya sea por parte de una familia que se haga cargo o  por el Estado mismo. Asimismo, los errores de su adolescencia a los que fue llevado por no encontrar o no poder pensar en otra salida eran y fueron pagados con sangre y desilusión, con encierro, con ataques directos al cuerpo y con heridas psicológicas irremediables.

            Así fueron sus primeros tiempos en este mundo.

 

 

                                                           II

 

Los asaltos a infelices e indefensos eran la salida primordial para encontrar recursos para el día a día.  Y por las noches   llegaba el descontrol total. Todo lo reunido era desperdiciado y malgastado en las horas nocturnas. Y al otro día la misma rutina, el mismo dolor, la evasión fácil. Y nunca un desahogo verdadero. Y nunca una esperanza.

Una tarde de invierno, mientras caminaba por la costanera sin rumbo fijo se cruzó con una nena de catorce años que había escapado de la casa de sus abuelos. Sus padres habían muerto en un accidente automovilístico tres meses atrás. Decepcionada de la vida en plena adolescencia, no encontraba sentido para seguir viviendo. Ambos, sentados mirando el mar, comenzaron a hablar sobre sus tristes historias y sintieron compasión uno del otro. Desde ese día, se encontraron siempre a las cinco de la tarde para acompañarse. La soledad que los invadía fue desapareciendo poco a poco. Se hicieron amigos y se ayudaron mutuamente.

Transcurrieron los meses y en ella empezó a surgir otro tipo de sentimiento hacia él. A pesar de la situación social ínfima de su amigo se había enamorado sin restricciones. Él negaba su amor por ella, pensando que no era correspondido. Pero, aunque no veía ninguna oportunidad con su joven amiga, empezó a ver la vida de otra manera y nació en su persona la esperanza de mejorarla. Por ello, trató de salir y de desligarse de sus antiguos compañeros al darse cuenta que había otras formas de enfrentar la realidad. No fue fácil. Fue objeto de represalias, mas no por eso dejó de intentarlo.

Consiguió trabajo en una verdulería. Allí atendía a los clientes y se encargaba de limpiar cotidiánamente. El dueño del lugar, Don Alfonso, lo ayudó en esta nueva etapa de su vida. Le prestó una habitación y allí fue su primer hogar, su primer techo.

Pasaron unos años y ya sin poder negar su amor la abrazó diciéndole al oído todo lo que sentía. Le pidió que fuera a vivir con él y ella aceptó inmediatamente. Y ese abrazo se hizo eterno y ese amor se hizo uno.

Al año, nació su hijo. Fue objeto de adoración por ambos y fue cuidado como todo niño tiene que crecer: con la protección y el amor de sus padres. Formaron una familia y tuvieron momentos felices, plenos de alegría y compañía. No se volvió un hombre rico y poderoso pero sí pudo disfrutar del amor y pudo valorarse a sí mismo. Pudo ser un hombre con todo lo que eso vocablo significa.

Fue una mujer, la mujer, su mujer la que cambió el rumbo de sus desgracias hacia una vida plena y hacia un cariño sincero. Cariño y amistad que en ningún instante de su infancia y adolescencia había podido disfrutar. Ningún sueño de los que había tenido se igualaba a esa nueva realidad. Un amor lo hizo vivir. Un motivo para luchar fue ella, un motivo para ser y para querer. La vida vale la pena cuando se tiene a quien querer.

 

                                                           III

 

El declinar. El morir en vida se acercaba. Ni en la más terribles de sus pesadillas hubiese soñado con algo así. Pasaron seis años desde que formó su familia. Una vida sencilla fue la de aquél tiempo.

Un martes salió a trabajar como todos los días para tener todo lo que su familia necesitase. Llegó a horario, hizo su labor como el buen empleado que era. Al volver se desvió para comprarle caramelos a su hijo. Llegó a casa, no había nadie en ella. Su mujer y su hijo no estaban. Esperó a que anochezca. No llegaban. Comenzó a preocuparse e hizo llamadas para averiguar. Trataba de no desesperarse, pero los nervios lo dominaban. Nadie sabía de ellos. Prendió el televisor para distraerse y dejar de pensar en estupideces. Se preguntaba: "¿por qué me preocupo? No es la primera vez que llego a casa y ellos no están". Pero esta vez no se sintió bien al no encontrarlos en su hogar. Pasó los canales y decidió dejarlo en el noticiero. Un periodista estaba reflexionando sobre el conflicto rural. De pronto, una información de último momento. Un grupo de personas era rehén de  un delincuente  adolescente que al intentar robar un supermercado quedó cercado por la policía. Para evitar el arresto decidió mantener cautivos a los empleados y a los clientes. Se veía desesperado y pedía a gritos que lo dejen  tranquilo porque si no mataba a todos. Había disparado al custodio. Éste agonizaba en las puertas del lugar. El chico era capaz de todo. Solo le importaba escaparse. Se aproximó a la vista de la multitud curiosa que se encontraba afuera con una mujer como escudo. A ella le caía sangre de la cabeza, había sido golpeada. La cámara se acercó y se pudieron distinguir sus caras. Esa mujer era su mujer. El mundo se le vino abajo. No supo que hacer. No reaccionaba. Hasta que tomó conciencia y salió corriendo hacia allí. Fueron cinco cuadras eternas y  una angustia nunca sufrida. Nada de lo vivido se comparaba con el miedo que sentía en ese momento. Era su mujer. Su vida. Y   de repente, se preguntó por su hijo. "¿Dónde estaría?" Y un miedo más terrible se apoderó de él. Su hijo también podría estar ahí.

Llegó y ya era tarde. La policía al tratar de intervenir y de tranquilizarlo enloqueció aún más al adolescente, el cual furioso entró al supermercado empujando a su improvisado escudo humano y le pegó un tiro en el estómago, después uno en el brazo. Cayó al suelo con mucha sangre alrededor. Murió al instante. Después, amenazó a una anciana, la insultó. Siguió hacia atrás y le disparó a una chica a corta distancia, no le ocasionó la muerte, pero le dejó huellas de por vida. Por último, se le cruzó un nene para abrazar a su madre muerta. Lo agarró del pelo violentamente, le levantó la cabeza y le efectuó un disparo sin compasión, sin inmutarse. Se alejó del resto de las personas y se suicidó sin decir palabra.

Segundos después de esta violencia injustificada hacia a estas personas por parte de ese joven delincuente, llega él y se entera de lo sucedido. Muere en vida en ese mismo instante. Llora  destrozado y ya sin alma dentro. Le habían  quitado todo. El asesino hasta le quitó la posibilidad de venganza. Nada quedaba por hacer. Nuevamente, la soledad y la angustia se apoderaban de él. Alguien como él en sus primeros años, le quitó a su familia. En su cabeza se entremezclaba el odio y la resignación.

                                              

 

Quietud inútil

viernes, 29 de mayo del 2009 a las 15:43
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                                               QUIETUD INÚTIL

 

 

                                                                  "CHISTE EN MIS LABIOS

                                                        ESTOICISMO EN MI PECHO"

                                                                           QUEVEDO

 

 

 

         ¿Quién soy? ¿Soy el que todos ven como el que todo lo puede o soy el que siente miedo ante lo desconocido y ante la posibilidad de perder? ¿Soy el que hace reír y entretener o soy el que se encierra en sí mismo y se siente un verdadero fraude? ¿Soy el que prefiere la soledad o el que anhela compañía? ¿Soy el omnipotente o el  débil que necesita protección?

         Terriblemente me doy cuenta que no tengo ninguna respuesta. Estoy en la deriva y en la incertidumbre por no animarme. El miedo ante lo que podría suceder  paraliza mi mente y mi cuerpo.

         Soy un mediocre consciente que se instaló en un punto  medio en el que la vida está en permanente pausa. Estoy en una quietud inútil y en una vida en verdad miserable. ¿Por qué sigo fingiendo quien no soy? ¿Por qué no me atrevo a cambiar? Mantengo esta actitud  que me lastima de a poco por terror a aquello que  pueda ocurrir. ¿Y si aquello no fuese terrorífico como yo creo y es, precisamente, lo contrario? Lamentablemente para mi persona seguiré en la duda continua por no tratar de ser quien quiero y por aceptar este estado desesperante y angustioso.

         Seguiré con la sonrisa y la aparente felicidad por no atreverme a buscar la verdadera. Seguiré soñando con la vida que no me animé a vivir. En mi cara se refleja y se reflejará alegría; en el interior sólo habrá pura melancolía, sólo habrá pura tristeza y la nada absoluta.

Fin de esta vida en vida.

Que en paz yo alguna vez pueda descansar.

 

 

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