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Oasis

viernes, 29 de mayo del 2009 a las 15:50
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                                                OASIS

                                                              I   

            Nació en las afueras, en la oscuridad, en las tinieblas, en el mismo infierno. Pobre y sin recursos. Sin conciencia de su situación paupérrima. En la nada. En la angustia. En la humillación constante. En la soledad.

            Vivía a dos cuadras del centro comercial y de los centros económicos, pero a millones de kilómetros de una vida digna. Estaba en la ciudad, pero fuera del sistema. Sin documentos y sin identidad deambulaba por las calles pidiendo monedas y algo para comer.

            Su infancia fue dura como la de muchos de este país. Su día a día era una lucha constante por sobrevivir. Comenzó limpiando vidrios. Dejó de hacerlo el día en que un tipo bajó de su auto, lo golpeó ferozmente, lo insultó y lo escupió denigrándolo sin ninguna compasión.      Al tiempo -a los catorce años aproximadamente, no hay seguridad sobre su verdadera edad-, conseguía dinero en el cementerio cercano al recibir de las personas que visitaban el lugar algunos centavos por cambiarle las flores a sus muertos o por acercarle las escaleras a aquellos que tenían los nichos en lo alto. Pero no le alcanzaba y comenzó a robar  los autos estacionados. Así se inició, paulatinamente, en la delincuencia; aunque, ya antes, lo habían tildado como uno. Tiempo después, las malas juntas y las drogas hacen su aparición. Tirado en las esquinas como un perro sarnoso daba lástima y bronca a los transeúntes ocasionales. Algunos se paraban junto a él y maldecían al Estado por no ocuparse, pero seguían luego caminando como si no hubiesen visto nada. Otros enfáticamente expresaban: ¡A estos pendejos hay que matarlos a todos!

            Por disturbios en la vía pública fue detenido en un centro de rehabilitación para menores. Sin embargo, no permaneció mucho tiempo allí, ya que ni siquiera tenían los elementos ni el personal  necesario para mantenerlo dentro del instituto. Volvió a la calle y empezó a envolverse en asaltos más jugados, armado y sin ningún tipo de consideración por nadie, como nadie la había tenido por él. ¿Cómo le iba a preocupar la vida de sus víctimas si ni siquiera tomaba conciencia de la suya?

            A medida que crecía, disminuían sus posibilidades de protección, ya sea por parte de una familia que se haga cargo o  por el Estado mismo. Asimismo, los errores de su adolescencia a los que fue llevado por no encontrar o no poder pensar en otra salida eran y fueron pagados con sangre y desilusión, con encierro, con ataques directos al cuerpo y con heridas psicológicas irremediables.

            Así fueron sus primeros tiempos en este mundo.

 

 

                                                           II

 

Los asaltos a infelices e indefensos eran la salida primordial para encontrar recursos para el día a día.  Y por las noches   llegaba el descontrol total. Todo lo reunido era desperdiciado y malgastado en las horas nocturnas. Y al otro día la misma rutina, el mismo dolor, la evasión fácil. Y nunca un desahogo verdadero. Y nunca una esperanza.

Una tarde de invierno, mientras caminaba por la costanera sin rumbo fijo se cruzó con una nena de catorce años que había escapado de la casa de sus abuelos. Sus padres habían muerto en un accidente automovilístico tres meses atrás. Decepcionada de la vida en plena adolescencia, no encontraba sentido para seguir viviendo. Ambos, sentados mirando el mar, comenzaron a hablar sobre sus tristes historias y sintieron compasión uno del otro. Desde ese día, se encontraron siempre a las cinco de la tarde para acompañarse. La soledad que los invadía fue desapareciendo poco a poco. Se hicieron amigos y se ayudaron mutuamente.

Transcurrieron los meses y en ella empezó a surgir otro tipo de sentimiento hacia él. A pesar de la situación social ínfima de su amigo se había enamorado sin restricciones. Él negaba su amor por ella, pensando que no era correspondido. Pero, aunque no veía ninguna oportunidad con su joven amiga, empezó a ver la vida de otra manera y nació en su persona la esperanza de mejorarla. Por ello, trató de salir y de desligarse de sus antiguos compañeros al darse cuenta que había otras formas de enfrentar la realidad. No fue fácil. Fue objeto de represalias, mas no por eso dejó de intentarlo.

Consiguió trabajo en una verdulería. Allí atendía a los clientes y se encargaba de limpiar cotidiánamente. El dueño del lugar, Don Alfonso, lo ayudó en esta nueva etapa de su vida. Le prestó una habitación y allí fue su primer hogar, su primer techo.

Pasaron unos años y ya sin poder negar su amor la abrazó diciéndole al oído todo lo que sentía. Le pidió que fuera a vivir con él y ella aceptó inmediatamente. Y ese abrazo se hizo eterno y ese amor se hizo uno.

Al año, nació su hijo. Fue objeto de adoración por ambos y fue cuidado como todo niño tiene que crecer: con la protección y el amor de sus padres. Formaron una familia y tuvieron momentos felices, plenos de alegría y compañía. No se volvió un hombre rico y poderoso pero sí pudo disfrutar del amor y pudo valorarse a sí mismo. Pudo ser un hombre con todo lo que eso vocablo significa.

Fue una mujer, la mujer, su mujer la que cambió el rumbo de sus desgracias hacia una vida plena y hacia un cariño sincero. Cariño y amistad que en ningún instante de su infancia y adolescencia había podido disfrutar. Ningún sueño de los que había tenido se igualaba a esa nueva realidad. Un amor lo hizo vivir. Un motivo para luchar fue ella, un motivo para ser y para querer. La vida vale la pena cuando se tiene a quien querer.

 

                                                           III

 

El declinar. El morir en vida se acercaba. Ni en la más terribles de sus pesadillas hubiese soñado con algo así. Pasaron seis años desde que formó su familia. Una vida sencilla fue la de aquél tiempo.

Un martes salió a trabajar como todos los días para tener todo lo que su familia necesitase. Llegó a horario, hizo su labor como el buen empleado que era. Al volver se desvió para comprarle caramelos a su hijo. Llegó a casa, no había nadie en ella. Su mujer y su hijo no estaban. Esperó a que anochezca. No llegaban. Comenzó a preocuparse e hizo llamadas para averiguar. Trataba de no desesperarse, pero los nervios lo dominaban. Nadie sabía de ellos. Prendió el televisor para distraerse y dejar de pensar en estupideces. Se preguntaba: "¿por qué me preocupo? No es la primera vez que llego a casa y ellos no están". Pero esta vez no se sintió bien al no encontrarlos en su hogar. Pasó los canales y decidió dejarlo en el noticiero. Un periodista estaba reflexionando sobre el conflicto rural. De pronto, una información de último momento. Un grupo de personas era rehén de  un delincuente  adolescente que al intentar robar un supermercado quedó cercado por la policía. Para evitar el arresto decidió mantener cautivos a los empleados y a los clientes. Se veía desesperado y pedía a gritos que lo dejen  tranquilo porque si no mataba a todos. Había disparado al custodio. Éste agonizaba en las puertas del lugar. El chico era capaz de todo. Solo le importaba escaparse. Se aproximó a la vista de la multitud curiosa que se encontraba afuera con una mujer como escudo. A ella le caía sangre de la cabeza, había sido golpeada. La cámara se acercó y se pudieron distinguir sus caras. Esa mujer era su mujer. El mundo se le vino abajo. No supo que hacer. No reaccionaba. Hasta que tomó conciencia y salió corriendo hacia allí. Fueron cinco cuadras eternas y  una angustia nunca sufrida. Nada de lo vivido se comparaba con el miedo que sentía en ese momento. Era su mujer. Su vida. Y   de repente, se preguntó por su hijo. "¿Dónde estaría?" Y un miedo más terrible se apoderó de él. Su hijo también podría estar ahí.

Llegó y ya era tarde. La policía al tratar de intervenir y de tranquilizarlo enloqueció aún más al adolescente, el cual furioso entró al supermercado empujando a su improvisado escudo humano y le pegó un tiro en el estómago, después uno en el brazo. Cayó al suelo con mucha sangre alrededor. Murió al instante. Después, amenazó a una anciana, la insultó. Siguió hacia atrás y le disparó a una chica a corta distancia, no le ocasionó la muerte, pero le dejó huellas de por vida. Por último, se le cruzó un nene para abrazar a su madre muerta. Lo agarró del pelo violentamente, le levantó la cabeza y le efectuó un disparo sin compasión, sin inmutarse. Se alejó del resto de las personas y se suicidó sin decir palabra.

Segundos después de esta violencia injustificada hacia a estas personas por parte de ese joven delincuente, llega él y se entera de lo sucedido. Muere en vida en ese mismo instante. Llora  destrozado y ya sin alma dentro. Le habían  quitado todo. El asesino hasta le quitó la posibilidad de venganza. Nada quedaba por hacer. Nuevamente, la soledad y la angustia se apoderaban de él. Alguien como él en sus primeros años, le quitó a su familia. En su cabeza se entremezclaba el odio y la resignación.

                                              

 

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Sobre esta anotación

María Laura

María Laura escribió esta anotación hace 6 meses. En ella habla sobre Pobreza.

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