Triste Oasis
Triste Oasis
En el centro de la villa, a diferencia de las grandes comunidades con sus plazas principales, existía un gran y siempre creciente basurero. Éste era su atractivo, éste era la fuente de alimento y de trabajo para muchas de las familias que habitaban el lugar.
Centro de contaminación absoluta. Desperdicios acumulados. Enfermos y hambrientos revolviendo y revisando cada una de las bolsas que encontraban. Itinerario cotidiano. Trabajo de hormigas. Inmundicia. Resignación.
Las moscas y sus ruidos ocasionados por el aleteo constante producían la música del lugar y los olores nauseabundos su especial aroma. Allí, Juan y María junto a sus hijos cada mañana iban en busca de lo que les sirviera para sobrevivir. Subían la montaña artificial en fila india ayudándose unos a otros a escalar hasta llegar a la gran cima. Una vez allí descendían dividiéndose equitativamente los sectores con el objeto de no dejar ningún espacio sin recorrer ni revisar.
¡Qué ironía! La mugre ajena era la base de una familia entera. ¡Qué tristeza es ver y sufrir tal marginación! Pero, ¿qué otra salida encontraban? Lamentablemente, ninguna. El basurero era su único sustento. La suciedad era su pan y agua cotidiana.
A veces, en las bolsas había elementos cortantes. Éstos se clavaban en sus sucias manos o en sus pies descalzos. Las heridas, algunas profundas, se infectaban por falta de cuidado e higiene y por vivir en este patético escenario. Los días de lluvia eran los más terribles. Sus cuerpos húmedos y fríos deambulaban entre el repugnante tesoro traído y donado por los habitantes de la rica y egoísta ciudad.
Cierto día, igual como tantos otros para esta familia, tuvo un final aún más trágico. Sucedió cuando uno de los conductores de los camiones al descargar su contenedor puso reversa para volver a la recolección. Fue aproximadamente al mediodía cuando hizo aquella maniobra y escuchó un grito seco y doloroso que jamás pudo olvidar. Al oírlo bajó desesperadamente y vio una imagen terrible. Un niño yacía bajo las grandes ruedas. Su cabeza estaba destrozada y su sangre se desparramaba lentamente. A su lado se encontraba la infeliz María, muerta en vida al ver a su pequeño hijo. Juan la abrazaba y ambos amargados no podían reaccionar ante tremendo accidente y ante tremenda pérdida. Su triste oasis se había vuelto aún más triste. Ese día, igual a tantos otros, fue terrible en verdad. La marginación, el deterioro humano y la gran montaña producida por todos fueron los verdugos inmediatos de aquel pobre niño.
Transcurrieron unas semanas y la familia sin encontrar otra salida tuvo que reiniciar su odiada rutina. Tuvieron que volver a ese infierno que además de la dignidad le había quitado a su querido hijo.
Otra vez caminaban por aquella calle de tierra que iba directo hacia el oasis infernal. Otra vez la polvareda que ocasionaban los camiones al pasar rozaba sus rostros. Otra vez la contaminación y los residuos eran la comida y el trabajo para la familia de María y Juan. Nuevamente la repulsión y las náuseas que producían los deshechos a aquellos, eran bienes valorados y estimados por éstos.
Injusticia social. Riqueza y pobreza. Pureza y sociedad. Polaridad extrema. Sin embargo, mismo aire compartido en continuo proceso de contaminación. El basurero de la villa crece. Se lleva vidas y se va acercando paulatinamente hacia la gran ciudad. Sus olores y sus particulares sonidos se van expandiendo. El triste oasis de desperdicios y sobras de María, Juan y sus hijos va convirtiéndose poco a poco en pesadilla general.



